Alfredo Castañeda. “El otro que lleva mi nombre”

Alfredo Castañeda. “El otro que lleva mi nombre”

La Exposición  de “El otro que lleva mi nombre”, de pintor mexicano Alfredo Castañeda (Ciudad de México, 1928-Madrid, 2010), primera retrospectiva que se le realiza en España y que abarca una amplia zona del trabajo artístico y la escritura de este prestigioso artista mexicano y universal. La muestra acoge un amplio repertorio de obras. Casi más de cien piezas concebidas en diferentes formatos y técnicas: óleo sobre lienzo, obra gráfica, dibujos y fotografías. Se incluye, además, un importante número de documentos que recorren la prolija trayectoria del artista. Una vida intensamente creativa que se orquestó entre dos espacios geográficos de realización y de sueños: México y España.

La obra de Alfredo Castañeda es una suerte de sanación en un mundo de arrebatos y de exterminios; una suerte de alivio frente a la locura de un tiempo cultural que se supedita a las maniobras del espectáculo y del ruido. En ella habita el eco de la epifanía y de la concordia, el concierto de voces que, desde la poesía, recuerdan la grandeza del espíritu humano. La obra de Castañeda, insisto, refrenda el más puro gesto de reconciliación entre el yo y el mundo; entre el ser y la nada, entre la pintura y la escritura. Estas piezas disfrutan de la enorme facultad narrativa de contar miles de historias, pero por sobre todas esas narraciones presumibles se advierte una que se sella como el tatuaje indeleble en el cuerpo de la pintura.

La exposición de Alfredo Castañeda, bajo el título “El otro que lleva mi nombre”, es, si se quiere, la primera muestra de carácter retrospectivo que se le realiza al artista mexicano en territorio español y que abarca una amplia zona del trabajo artístico y de la producción escritural de este prestigioso artista latinoamericano y universal. Un ejemplo mayúsculo, sin duda, de la pujanza y la riqueza del pensamiento humano cuando este alcanza altas cuotas de abstracción y de reconciliación con el mundo –infinito y a ratos evanescente- de lo bello y de lo sublime. Castañeda es –como dijera E. M. Cioran, en su hermoso libro “Ejercicios de Admiración”– el último de los delicados. Refiriéndose con ello a esa extraña virtud contenida en alma de un hombre que le lleva a convertir lo cotidiano y lo ordinario en el testimonio de un gesto humanista de sobrada belleza y admiración.

 “El otro que lleva mi nombre” acoge -en su narrativa museográfica- un amplio repertorio de obras. Casi más de cien piezas concebidas en diferentes formatos y técnicas como son la obra pictórica tradicional en el acuerdo tácito de óleo sobre lienzo, la obra gráfica, el dibujo y la fotografía. Se incluye, además, un importante número de documentos adicionales que sirve de apoyatura visual y documental de la enjundioso y prolija trayectoria del artista. Una vida intensamente creativa que se orquestó entre dos espacios geográficos de realización y de sueños: México y España.

La muestra se concibe como una gran cartografía de imágenes, documentos y sentidos. Un mapa que da cuenta de la extrema pericia técnica y de la agudeza manifiesta del artista en el uso de materiales y soportes en beneficio de consagrar –estéticamente- una idea. Se ha dicho de él que es uno de los más importantes surrealistas mexicano. Sin embargo, esta exposición prefiere apartarse de las etiquetas estilísticas o de las nomenclaturas al uso en las corrientes de vanguardia del pasado siglo, para, de este modo, dejar abiertas las puertas de muy otras interpretaciones y diálogos con la obra en sí. Que sea esta, junto al texto en formato de poesía firmado por el artista, la que genere el juego de la interpretación y aprehensión de los contenidos propuestos a fabulados.

Con esta exhibición se rinde homenaje a una de las voces más importantes y ciertamente particulares del arte mexicano, latinoamericano y universal. La obra de Alfredo Castañeda es una suerte de sanación en un mundo de arrebatos y de exterminios; una suerte de alivio frente a la locura de un tiempo cultural que se supedita a las maniobras del espectáculo y del ruido. En ella habita el eco de la epifanía y de la concordia, el concierto de voces que, desde la poesía, recuerdan la grandeza del espíritu humano. La obra de Castañeda, repetimos, refrenda el más puro gesto de reconciliación entre el yo y el mundo; entre el ser y la nada, entre la pintura y la escritura. Estas piezas disfrutan de la enorme facultad narrativa de contar miles de historias, pero por sobre todas esas narraciones presumibles se advierte una que se sella como el tatuaje indeleble en el cuerpo de la pintura. Esa es, precisamente, la historia de una pasión, el relato de ese amor que acompañó a su ser y a su obra, entre suspiro y suspiro: Hortensia, su amor, su gran amor.

. Biografía del artista: ALFREDO CASTAÑEDA ITURBIDE

(Ciudad de México 1928 – Madrid 2010)

Alfredo Castañeda Iturbide nació en La Ciudad de México el 18 de Febrero de 1938, hijo de Alfredo Castañeda Andrés y de Clara Iturbide Oseguera, vivió en casa del abuelo paterno rodeado de personas para las que dibujar y pintar era parte de su vida diaria, era una forma de convivir. Su familia acostumbrada a ir a los toros, al regresar a casa se ponían a hacer dibujos de la mejor faena de la tarde; buscando plasmar el ángulo más espectacular. Alfredo, aún niño, se mantenía atento observando el sentido expresivo de la pintura. Cuando despertó en él el interés por la pintura, sus padres lo aceptaron con naturalidad, pensando que como era el caso de los demás familiares se trataría de un pasatiempo, tomó clases con su tío Ignacio Iturbide durante un año, de dibujo al carbón y acuarela. Mas tarde conoció al pintor valenciano Ruano LLopis, conocido por sus temas taurinos.

Posteriormente, en plena adolescencia, Alfredo conoció al pintor español José Bardasano, quien había llegado a México como refugiado de la Guerra Civil Española. Alfredo llegó a su taller con tan buenas bases que al ver el maestro sus avances, así de exigente como era Bardasano, cuyos alumnos pasaban meses dibujando, por no decir años, aceptó ponerlo a pintar directamente en el óleo. Con él aprendí a ver todos los colores que contenían las cosas; pude ver en las sombras de la tierra los verdes, los violetas, los azules, los amarillos. Eran colores que yo no había visto nunca… Él me obligaba a hacer las cosas como él quería, pero yo nunca quise ser ‘bardasanito’. Había mucho que aprender con él, y así lo hice, luego me retiré. Entonces conocí a otro pintor español, Arturo Souto. Frecuentaba su taller, pero con él no fui su alumno; fui su amigo.

Él era amigo de poetas, de fotógrafos, intelectuales y, más bien, nos poníamos a hablar de literatura, de filosofía, y respecto a la pintura cada quien hacía lo suyo”

En 1956 Alfredo ingresa a la carrera de Arquitectura en la Universidad Nacional Autónoma de México. No era que tuviera particular entusiasmo por la arquitectura, pero al escuchar los consejos de su padre se despertó en él cierto interés, y en un momento llegó a pensar que ese podía ser su camino. En esos años la pintura se mantiene como una escapatoria personal. En la escuela de Arquitectura, que aún no se constituía como facultad, Alfredo conoció al arquitecto, pintor y escultor de origen alemán Matías Goeritz. Y recordando aquellos años, comenta: “Matías Goeritz me abrió los ojos a lo que es la visión de lo poético, lo filosófico, lo espacial y lo mágico. Esos conceptos también dejaron en mi una huella particular, que me ayudó muchísimo a encontrar años más tarde mi camino.”

Tres años después Alfredo interrumpió sus estudios para realizar un viaje a Europa, en el que visitó Francia, España y Portugal. Durante su estancia hizo rendir al máximo el tiempo, dedicándose a visitar galerías y museos, buscando conocer las nuevas propuestas de los pintores jóvenes y las obras de los grandes maestros. Después de esta enriquecedora experiencia, de regreso en México, en 1964 Alfredo terminó su carrera obteniendo el título oficial de Arquitecto.

En 1967 se casó con Hortensia de La Barrera, con quien formó una maravillosa familia que con los años se ha ampliado más allá de sus tres hijos: Alfredo, Ibiza y Adrián. Cuando habla de ellos, incluyendo a sus hijos políticos y a sus nietos, los llama cariñosamente “la tribu”.

La carrera de Arquitectura queda en un plano secundario, ya que desde 1969 Castañeda se abocó a pintar. Ese año prepara la obra de su primera exposición en la Galería de Arte Mexicano, en la que presentó óleos, acrílicos, dibujos y collages. Esa fue la primera de tantas exposiciones que ha realizado en la Galería durante los últimos 30 años.

En 1969 también participó en la exposición colectiva The Mexican Mystique, en la Galería J. Walter Thompson de Nueva york. En 1971 produjo la obra para la primera muestra individual en el extranjero presentada en Lambert Gallery de Los Ángeles, California, EEUU. Al mismo tiempo representó a México en la Exposición Der Geist des Surrealismus, en Colonia, Alemania.  Expuso junto con Leonora Carrington, Alberto Gironella y Wolfgang Paalen.

En 1972 presenta una importante exposición en el Museo de Arte Moderno en México. Desde entonces su trabajo atraía la atención del espectador, tanto por su fina calidad como por sus temas fantásticos y enigmáticos.

Desde el año 1973 su obra se expone en importantes lugares tales como el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México; en la ciudad de Monterrey, en el Colegio de México, e ilustra varios números de la revista Diálogos. En 1980 viaja a la ciudad de Wilmington, en el estado de Delaware donde reside un año.

En 1981 regresa a la ciudad de Cuernavaca en su país natal y continúa  trabajando con la Galería de Arte Mexicano; varias de sus obras son seleccionadas para participar en exposiciones colectivas como la  Mexican Masters, The Young Generation llevada a cabo en la Galería Signs de Nueva York.

En 1983 comienza a trabajar con la Galería de Mary Anne Martín. en Nueva York alternando anualmente con la Galería de Arte Mexicano y exponiendo en otras prestigiosas galerías.

En 1991 viaja a Madrid, España, donde traslada su residencia permanente junto a su familia. En 1993 su obra se presenta en la feria ARCO de Madrid, en donde logra destacar por su propuesta temática. Hasta el año 2009 continúa pintando y exponiendo sus obras en México, Nueva York y El Salvador con la señora Rhina Avilés en La Galería Espacio.

La obra de Alfredo Castañeda es fina en su detalle y mágica en su expresión. Su estilo se integra al surrealismo fantástico. Lo suyo son personajes imaginarios que, por lo general, son de edad madura, y cuyas miradas profundas, rodeadas de oscuras ojeras, reflejan misticismo, introversión, experiencia, desvelo, reflexión, melancolía y consternación. El pintor era amante de la lectura de textos místicos que enriquecían su gran imaginación. Alfredo en su obra manifiesta una solemnidad aparente, un humor como ese peculiar humor inglés, un jugar con la realidad sin compromisos y sin seriedad.

Alfredo Castañeda fallece en Madrid el 15 de Diciembre de 2010.

Carta de un amigo:

Carta a Alfredo

Hola, Alfredo. El otro día estaba tomando una cerveza contigo y, de pronto, ya llevas seis años muerto. No te perdono. Te fuiste sin decirme nada. Esto no se le hace a un amigo. Lo considero una traición y no me sirve de consuelo compartir tus funerales con tu familia y los amigos reunidos recordándote. Convocándote, diría yo, para tomar con nosotros una copa más. O de más. Como cuando celebrábamos en tu casa aquellos Años Nuevos que, ya hace muchos años, dejaron de ser nuevos.

Sigo sin aceptar que murieras aunque te siga viendo en tus cuadros como en un espejo en el que siempre seguirás vivo. Ese es el mágico privilegio del auténtico artista. Pero, a veces, casi es peor. Porque cada vez que la mirada se sale del marco para reencontrase con eso que tú y yo nos resistíamos a llamar realidad, al mirar alrededor, ya no estás. Como quizás tampoco tuviste en vida el reconocimiento que te correspondía, como si la fama se hubiera mostrado huraña con el que tan secretamente supo guardar su secreto. Pero no voy a hablar de las excelencias de tu pintura. Ya lo he hecho en otras ocasiones y siempre me ha parecido insuficiente. No hay etiqueta para tu obra. Sigue sin haberla. Que cada cual se las arregle como pueda. Un universo interior es tan complejo e inabarcable  como los espacios siderales y el humo de la fama no apaga el fuego de la pincelada. Me cuentan, por cierto, que en tus últimos lienzos utilizabas el cuero de viejas encuadernaciones y dicen que los hongos, o yo qué sé qué, afectaron a tus pulmones. No deja de ser otra reveladora paradoja el que hayas muerto en combate con tu arte como en un campo de batalla. Has ganado el reposo del guerrero, querido amigo. No volverás a morir nunca más.

Gonzalo Suárez

La «hora» de Alfredo Castañeda en tierras de Cervantes.

– Éste es el día, ¡Oh Sancho!, en el cual se ha de ver el bien que me tiene guardado mi suerte; éste es el día, digo, en que se ha de mostrar tanto como en otro alguno, el valor de mi brazo y en el que tengo de hacer obras que queden escritas en el libro de la fama por todos los venideros siglos. ¿Ves aquella polvareda que allí se levanta, Sancho? Pues toda es cuajada de un copiosísimo ejército que de diversas e innumerables gentes por allí viene marchando».

 (Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha)

. Alfredo Castañeda, “El otro que lleva mi nombre”

Permanecemos en aquello que construimos, en aquello que fundamos a través del amor y de los sueños, permanecemos en la infinita textura de nuestra obra que existe más allá de toda voluntad humana y divina, permanecemos en las dispensaciones del pensamiento que regalamos a los otros, permanecemos siempre que haya alguien que nos piensa y nos mantiene vivos. Vivimos allí donde ya no estamos, vivimos en ese espacio delicioso que es el recuerdo. Vivimos, para siempre, cuando los que quedan no permiten jamás que ese otro que lleva mi nombre alcance el lugar de la muerte. La muerte es solo una construcción, es la dialéctica de negaciones y de olvidos; la muerte es solo aquello que ocurre cuando no se te piensa, cuando te exilian del lugar de los sueños, cuando se te expulsa del dominio de la literatura y del verso. El otro que lleva mi nombre se escribe como un acto de afirmación y de permanencia. Es esa misiva que no se redactó nunca o que, por el contrario, se articula todos los días.

El otro que lleva mi nombre es, por encima de todo, más allá o más acá de cualquier pretexto, un homenaje al amor, donde el arte juega el papel de la seducción y de la desobediencia.  Esta muestra desea celebrar el valor de una vida entregada a las cosechas bienaventurada del arte; pero celebra –también- la estatura de ese otro que ama y que vive -a través y únicamente- de lo que hacemos y engendramos a merced de ese poderoso sentimiento que nos rebasa y nos amansa, que nos esclaviza y nos redime.

La obra de Alfredo Castañeda es una suerte de sanación en un mundo de arrebatos y de exterminios; una suerte de alivio frente a la locura de un tiempo cultural que se supedita a las maniobras del espectáculo y del ruido. En ella habita el eco de la epifanía y de la concordia, el concierto de voces que, desde la poesía, recuerdan la grandeza del espíritu humano. La obra de Castañeda, insisto, refrenda el más puro gesto de reconciliación entre el yo y el mundo; entre el ser y la nada, entre la pintura y la escritura. Estas piezas disfrutan de la enorme facultad narrativa de contar miles de historias, pero por sobre todas esas narraciones presumibles se advierte una que se sella como el tatuaje indeleble en el cuerpo de la pintura. Esa es, precisamente, la historia de una pasión, el relato de ese amor que acompañó a su ser y a su obra, entre suspiro y suspiro: Hortensia, su amor, su gran amor.

MUSEO DE CIUDAD REAL-CONVENTO DE LA MERCED
Plazuela de los Mercedarios, s/n, Ciudad Real

Inauguración de la exposición

El otro que lleva mi nombre de

Alfredo Castañeda

Comisariada por Andrés Isaac Santana

Written By
More from Maribel

CONCAPA DENUNCIA LAS PRÁCTICAS

CONCAPA DENUNCIA LAS PRÁCTICAS ABUSIVAS DE LAS ADMINISTRACIONES CON LOS LIBROS DE...
Ver publicación