Hablamos de impotencia, no de depresión

Young man with hands clasped together

Hablamos de impotencia, no de depresión

Sencillez & Orden

  • Las tragedias vividas en Francia, en Siria y en tantos otros lugares donde hombres y mujeres fallecen cumpliendo con un servicio humanitario.
    Me recordó el poema escrito por Lawrence Binyon (1869-1943) en el inicio de la Primera Guerra Mundial y conocido internacionalmente como “Himno de la Memoria” (“Ode of Remembrance”). Binyon se alineó a las fuerzas británicas como voluntario de la Cruz Roja al declararse la primera guerra mundial y escribió sus poemas en medio de la tragedia y el dolor. En su bello For The Fallen” (“Por los caídos”) el autor rinde homenaje a los muertos en el frente.
     Desde el punto de vista grafológico es interesante señalar que Binyon era, por esencia, poeta. Su sensibilidad, su fuerte humanismo, chocaba enormemente con la vivencia de la guerra. Máxime como voluntario en el espacio que la Cruz Roja tenía en zonas liberadas. Hablo de sensibilidad, no de debilidad. Hablo de pasión, no de fragilidad. Hablo de dinamismo, no de depresión. En el grafismo de Binyon que posteo, pueden ver como la gestalt del escrito se ve alterada por una “cola de zorro” clara, nítida, plena, expresiva.

    El texto dice: “They shall grow not old, as we that are left grow old: Age shall not weary them, nor the years condemn. At the going down of the sun and in the morning we will remember them” “No envejecerán, como nosotros los dejamos envejecer: la edad no los cansará, ni los años lo condenarán. Al bajar el sol y por la mañana los recordaremos”

    Recordemos que el descubridor del gesto tipo llamado “Queue de renard” fue el grafólogo francés André Lecerf, discípulo de Crépieux-Jamin. El fatalismo (Xandró), el desaliento, el cansancio (Paulo de Camargo), la autocrítica (Saudek), la sobrecarga de energía (Streletski) … emergen como un “rabo”, una “cola” donde una o varias palabras caen estrepitosamente en el final derecho de la línea del renglón de una escritura inclinada, imbricada y descendente.

    Es uno de los indicadores que más “desorganizan” la escritura ya que afecta a la armonía del escrito: pierde, generalmente, legibilidad (Lilia Martínez), el orden se altera y la dirección se vuelve patológica. Asimismo, la continuidad y la velocidad son las más afectadas. Muchos grafólogos la han asociado con la depresión. No comparto totalmente esta mirada (en otros post ya lo hemos comentado) ya que la caída es abrupta. Es un choque con el mundo exterior. Hay fuerza, no depresión. Hay lucha, no abulia. Hay ansiedad, no calma. Por extensión: hay impulsividad, incertidumbre, carencia de límites, angustia y preocupación. La depresión integra otro síndrome donde la línea de base descendente siempre acompaña.

    Hay tanta energía en la “queue de renard” que la persona avanza deliberadamente sin volver la vista atrás. Sabe que si lo hace se convierte en estatua de sal. Por supuesto que no llega al podio, lamentablemente. Por el contrario, cae. Y por ende exterioriza su desánimo, producto de esa misma derrota. Sumemos a esto que la “cola de zorro” participa de una imbricación descendente: empieza por encima del nivel de la línea base de la escritura y desciende hasta tocarla. La hermenéutica estandarizada concuerda con las interpretaciones análogas a las de la cola de zorro: espíritu de lucha ante la adversidad. Bimyon, ante tanto horror, desespera; quizás buscaba ir más allá de sus fuerzas (el margen se rebasa) y lo que tendría que ser una conquista (mantener la dirección) deviene en una caída escabrosa donde la impotencia, la frustración y la desmoralización hacen su aparición.

    Un depresivo no vive estas manifestaciones escriturales. No participa de esta signología. Por supuesto que si bien “la cola de zorro” no señala molecularmente un estado depresivo, esto no excluye que un estado depresivo integre a su síndrome, la cola de zorro.

    Dominga de León.  Participante
    ¿Como trabajar tanto dolor? La 1ª guerra mundial fue una lucha cuerpo a cuerpo, era trinchera contra trinchera, una verdadera carnicería. Cuanta insensibilidad. En 1916 Jung ya decía: que somos tan insensibles que nos dañamos a nosotros mismos. Que hacer para que los Hombres de Hierro sigan alimentando el deseo de enfrentarnos. Cuando hay sensibilidad se mezcla ante todo, como concebir aberrante crueldad. Las caídas finales seguramente dicen de depresión ante el horror inconcebible.

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