Rumbo al Sur: La memoria de la Tierra

Rumbo al Sur: La memoria de la Tierra 15

Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es tiempo de morir” (Blade Runner, naturalmente)

RUMBO AL SUR: LA MEMORIA DE LA TIERRA

Texto y fotografias Eugenia Castro

ETIOPÍA1

Si existe un África soñada, la de las enormes extensiones vírgenes habitadas animales salvajes y pueblos ancestrales, está en Sur del Valle del río Omo, en Etiopía.

Partimos de Addis Abeba rumbo al sur en dos toyotas Land Cruiser cargados hasta los topes. Nos acompañaban esta vez, además de los conductores y el cocinero, Mamush. Eshetu Abera, el mejor guía local que se pueda desear.

Addis, como dice Javier Reverte, huele a leña quemada mezclada con gasoil. A medida que se avanza en dirección a la transafricana que une Djibuti con Kenia, el tráfico se vuelve más y más caótico. Cuando salimos, sobre la Etiopía verde, el dios de la lluvia descargaba su furia sobre el maltrecho firme de la carretera. Nos esperan más de 12 horas hasta Arba Minch, la puerta del Sur.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Al viajar por África, el extranjero tiende medir las distancias en kilómetros hasta que cae en la cuenta de que la única medida razonable es el tiempo. Si comprendes que el camino es el fin, los kilómetros transcurren plácidamente lentos.

Al llegar a Shasnemene, abandonamos la ruta asfaltada. Atrás, en la lejanía, los lagos que flanquean el camino se deshacían en la bruma. Los paisajes se iban sucediendo del verde al amarillo. Los restos de un John Deere perfectamente integrados en la maleza nos saludan desde una cuneta. El color de este país no es sólo el de la tierra, sino también el del óxido de los vehículos arrumbados en los caminos.

ETIOPÍA4

Las carreteras etíopes son el espectáculo de la vida en directo: cafetines, mercadillos, aguadores, barberos, hombres en cuclillas, ociosos y aburridos, mujeres y pollinos cargados con aparatosos haces de leña y, sobre todo, ganado, mucho ganado.

En cada parada que hacemos nos rodea la chavalería. Es curioso la rapidez que tienen los niños para aparecer como por arte de birlebirloque. Así, sin apenas darte cuenta tienes entre tus manos una manita menuda y oscura que te acompañará allí donde vayas. Trasmutada en flautista de Hammelin, saco el repertorio: canciones, juegos de palmas, pompas de jabón…hasta llegar al número estrella, el “corro de la patata” con la apoteosis final del achupé, achupé, incluido despatarre colectivo en el suelo.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Arba Minch

Cebúes uncidos aran perezosamente las tierras arcillosas de los alrededores de Arba Minch, uno de esos lugares con los que sueñan los enamorados de África. Ciudad pequeña, situada al pie de una cadena montañosa, se encuentra junto a las orillas de los lagos Awassa y Chamo. A las afueras, los coches se detienen para dejar paso a una larga comitiva que, en improvisadas camillas, transportan dos cadáveres cubiertos con lienzos blancos ante los indiferentes transeúntes.   La malaria, el sida y la miseria endémica hacen que la muerte sea algo cotidiano y hasta vulgar.

ETIOPÍA6

El disco solar se ocultaba tras un bosquecillo de acacias cuando llegamos al hotel. Desde la terraza de mi habitación, veo apagarse el color aluminio de las aguas del lago Chamo. Como en otros tantos atardeceres, pienso en la insoportable levedad del ser. El cielo se inunda de estrellas. Al cerrar los ojos, se me aparecen los rostros de acogedora mirada de las gentes del camino.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Por el lago Chamo

Día de descanso y último avituallamiento antes de entrar al Valle del Omo. Por la tarde, nos acercamos a un embarcadero del Chamo para dar un paseo en bote. El lago luce plateado y manso. A babor, una pequeña península abarrotada de pelícanos, más allá una pareja de águilas pescadoras. Hipopótamos de amplio bostezo toman su baño vespertino. Dos troncos que parecen navegar con velocidad y rumbo captan la atención: son dos grandes cocodrilos africanos. No son los únicos, más allá, docenas de cocodrilos se alinean inmóviles al sol. Los pescadores de tilapia faenan con las redes en frágiles balsas. Da vértigo verlos pasar entre los hipopótamos y cocodrilos de más de seis metros de longitud. La tarde azul y paciente decide marcharse y la noche llega cabalgado sobre los lomos de los cocodrilos.

ETIOPÍA7

En el Valle del Omo

Con el resplandor violeta de la madrugada, dejamos atrás Arba Minch. A partir de aquí se dejan atrás pereza y remilgos. El Valle del Rift, la enorme grieta que rompe el continente africano, parte del Mar Rojo y corretea a lo largo de 4. 500 kilómetros hasta sumergirse en las aguas mozambiqueñas del Océano Índico. Esta gigantesca rotura geológica contiene las claves de nuestro pasado. Allí iniciaron los primates el largo y tortuoso viaje hacia el género que hemos llamado homo. Esparcidos por la garganta de Olduvai en Tanzanía y el curso bajo de río Omo se encuentran los restos paleontológicos más antiguos de la humanidad. Por estas tierra, Lucy se enseñoreba erguida hace unos 3,5 millones de años.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

En las orillas del río Omo habitan unas quince etnias- mursis, hamer, karos , abores, bumes, bannas, surmas, konsos…- y en pleno siglo XXI viven igual que hace tres mil años, testigos vivos de lo que fuimos y nunca volveremos a ser. En una región en la que las temperaturas pueden alcanzar los 45 ó 50 grados, el agua es vital para la supervivencia del hombre y de su ganado y, por tanto, el padre río la clave de la supervivencia. Adoradores de la belleza se adornan exageradamente el rostro y cuerpo con pinturas, escarificaciones, plumas, brazaletes y collares.

La región del Omo ha permanecido aislada hasta hace poco tiempo. El contacto con el mundo occidental ha comenzado y produce vértigo. Los territorios indígenas que aún sobreviven constituyen el 70 por ciento de la biodiversidad del planeta, si ellos desaparecen todo tipo de especies vegetales y animales también lo harán. En el río Omo se está construyendo una gigantesca presa hidroeléctrica, llamada Gibe III. Cuando hayan finalizado las obras, esta presa destruirá un entorno frágil y los modos de vida de los pueblos que en él viven. Una lengua de asfalto, que se abre ya paso hacia el valle, profanará, en breve, este mundo. El principio del fin está próximo.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

En el Parque Mago, el dominio de los mursis

El camino hacia el parque Mago es inmenso y llano. De vez en cuando, se distinguen rebaños de camellos o remolinos que dibujan perfectos conos invertidos. Los coches espantan a los cálaos que andan triscando semillas en medio de la pista. Por lo demás polvo y arena. Desde que comenzó la estación húmeda no ha caído una sola gota.

Avanzamos renqueantes, el polvo penetra en el interior de los vehículos y se mezcla con el sudor formando un sin fin de surcos de color ocre en la cara. Los duros repechos de cantos rodados hacen perder la tracción a los coches. De cuando en cuando, la soledad de la sabana se rompe con la presencia de un pastor oromo con su rebaño o de una mujer que acarrea agua desde un pozo lejano hasta una aldea todavía más lejana.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

El madrugón produce sus efectos y me quedo dormida. Me despiertan las voces de unas niñas oromo golpeando rítmicamente sus bidones amarillos. Viene cantando retahílas al dios de la lluvia que en su versión cristiana dirían “que llueva, que llueva la Virgen de la Cueva…” Sí, claro, a Dios rogando y con el mazo dando pero ¿dónde están los pozos? El agua del Omo se pierde estéril en el Turkana.

Estamos en territorio mursi. Los mursi, de temperamento guerrero, provienen de Sudán. Son pastores de vacas y agricultores de sorgo. Les precede una fama de violentos e impredecibles. Tradicionalmente han estado enfrentados por las tierras con otros pueblos ganaderos vecinos y ahora con la introducción de armas de fuego son más peligrosos que antes. El contacto con ellos tiene siempre algo de inquietante.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Mientras el guía negocia con el jefe, esperamos junto a los coches. Quizá no sea el león tan fiero como lo pintan. Me vienen a la cabeza aquellos documentales que veía de niña en donde aparecían imágenes de guepardos derribando gacelas, guerreros masais vestidos de rojo y misteriosas mujeres con un enorme plato de terracota en el labio inferior. Y allí estaba frente a ellas que se me acercaban vociferando, zarandeando y soltando pellizcos de monja. No está claro el origen de la tradición de arrancar a las niñas los incisivos y seccionarles el labio inferior para que, a modo de faja sujete el plato. Unos piensan que siempre fue signo de embellecimiento, otros una estrategia para que ante las razzias de los traficantes esclavistas las mujeres se devaluaran.

Poco a poco las aguas vuelven a su cauce, la excitación inicial da paso a una tensa espera. Los niños nos miran. Son serios, apenas sonríen y están aleccionados de que a la menor señal de sacar una cámara, tienen que exigir dinero.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Me fijo en una joven, una ristra doble de caparazones de caracoles adorna su cabeza, otra mujer exhibe en sus orejas unos colmillos de facocero. Los mursi son impulsivos, se muestran ansiosos y bruscos, pero desconocemos todo acerca de su forma de entender el mundo. Y es en parte es nuestra propia ignorancia e inseguridad la que nos hace verlos con temor.

En la actualidad, la llegada de extranjeros ha supuesto una nueva fuente de ingresos para sus débiles economías. Con el dinero que consiguen por las fotografías, pueden adquirir en los mercados alimentos, ornamentos y, por desgracia también munición para sus armas y aguardiente de hidromiel para emborracharse. Me siento mal, me siento cómplice.

De vuelta, acampamos en un meandro del río Neri., vigilando a una familia de babuinos, comandada por “el Señor de las Basuras”, perito en el robo al descuido de fruta y calabacines. El sol se ocultaba tras las acacias; los pájaros, de trajín, enredando por entre las ramas de los árboles. Tumbada sobre unas la mochila contemplo mis pantalones sucios y las botas manchadas de barro. Una certeza se asoma: esta es la vida que me gusta vivir.

Los Karo, cuadros vivientes

Más allá de los dominios de los mursi está el territorio de los karo, al sureste del Omo. Los karo son una de las tribus más pequeñas, se calculan sólo un millar de personas. Bajaron de las montañas en busca de pastos y llegaron a orillas del Omo.

La travesía se hizo pesada, más pistas polvorientas y desérticas. Entre la monotonía cromática de ocres y amarillos, el fucsia violento de un pequeño y hermoso arbolito en efímera floración, la adenium obesum o rosa del desierto.

ETIOPÍA14

Cuando llegamos al poblado karo, nos envolvió una nube de finísimo polvo rojizo; a través de ella, en cromática fantasmagoría, se empezaron a adivinar cuerpos esbeltos pintados de blanco, ocre, rojo; cuellos abrazados por collares de abalorios, cauríes y pequeñas cuentas de colores traídas por algún buhonero lejano; cabezas rodeadas por cintas multicolores y coronadas por penachos de plumas de avestruz; rostros amables con la barbilla traspasada por largos clavos y las orejas atravesadas por llamativas arandelas. El escenario de estas gentes es un antiguo desfiladero volcánico con grandes sedimentos y barros pigmentosos, -ocre, caolín, cobre oxidado- toda una paleta para aplicar al lienzo de sus cuerpos. No es de extrañar que Matisse y los fauvistas quedaran fascinados por los colores de África.

Instalamos el campamento extramuros de la aldea karo, en un talud sobre el Omo. Desde aquí el río se ensancha antes de hacerse lago en el Turkana.

La tarde trajo algo de brisa y risas de los niños. Los hombres se iban acercando con su urkuma en la mano, pequeño e imprescindible objeto de madera tallada en forma de «T» que sirve como asiento o reposacabezas, y nos observaban con atenta mirada. Las mujeres salvaban ágilmente el desnivel del talud en un continuado trajín de acarreo de agua. El sol comenzaba su declive. La vista se perdía por la sabana arbolada. En un lugar perdido del África remota pude comprobar una vez más como la risa genuina, es capaz de vencer todos los abismos, incluso los culturales. La noche se cubrió de estrellas.

Los hamer

Llegamos la población de Turmi, próxima a los meandros finales del Omo, es el núcleo más importante de las tribus hamer. A finales del XIX llegaron a esta región los primeros exploradores y cazadores y europeos que trajeron la maldita viruela que acabó con la vida de gran parte de la población humana y animal. Con todo, la invasión más devastadora vino de manos del emperador Menelik II que, con la excusa de frenar el avance británico desde Kenia, arrasó, asesinó y esclavizó a innumerables poblaciones. Entonces, muchos hamer huyeron convirtiéndose en gentes sin tierra, abandonando la agricultura y dedicándose en exclusiva al ganado. Estos cambios rápidos y traumáticos conformaron la fuerte personalidad de los hamer contemporáneos. En la actualidad son unos 46.000 y viven de la agricultura del sorgo y de las hortalizas, así como de la ganadería de vacas y asnos, la caza y la recolección de miel.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Todo un lujo el camping de Turmi: bidones de agua para las duchas, cerveza fría y rica sopa de lentejas. Después de la cena, me retiré para observar el increíble cielo etíope y escuchar la sinfonía nocturna de grillos, lechuzas y toda la furtiva fauna que comenzaba a desperezarse para cumplir con el rito diario de la depredación: comida o muerte.

A media mañana, el mercado semanal de Dimeka estaba como una feria. Bannas, konso, hamer, karos, todos mezclados y engalanados acudían a la cita semanal. Las mujeres hamer se amontonaban alrededor de  tenderetes para intercambiar sus productos: sorgo, maíz, manteca, tintes, brazaletes, ornamentos, pan, leche, verduras, grasa para el pelo, amuletos y chat fresco. Como ocurre en todo mercado, se compra y se vende pero también se cuenta el último chisme, se apalabran bodas, se habla del estado de las cosechas, de la salud de las personas y de los animales. Los jóvenes hamer se exhibían en el verdadero mercado de las inocentes vanidades. Las muchachas, cimbreándose o apostadas con la amiga, oteando el panorama para encontrar a uno de esos tipos que, kalasnikov al hombro pasea su orgullo viril de cazador recién estrenado.

Los hamer mantienen sus ritos iniciáticos. En la ceremonia del “ukuli bula” los muchachos casaderos tienen que someterse a una serie de pruebas tales como correr sobre el lomo de seis o más vacas alineadas; las muchachas aguantar los latigazos que les infligen sus pretendientes. Cuanto mayores sean las cicatrices y más intenso resulte el sufrimiento más merecedoras serán del amor del petimetre. Así lo quiere la tradición, pase lo que pase.

Al atardecer, el mercado comenzó a desmontarse y las mujeres comenzaron a cargar sus enormes fardos para iniciar el largo camino hasta sus aldeas.

Los Konso, el final del trayecto

Toca regresar del mundo perdido e iniciar el camino de vuelta, rumbo al noroeste. Al paso de los vehículos, unos chavalillos danzan y hacen piruetas sobre zancos al son de una inexistente música. Son niños konso, estamos en su territorio.

Los konso ocupan el sur del lago Chamo. Su forma de vida es menos arcaica que la de las otras tribus. Gente laboriosa que practica la agricultura en terrazas ganadas a las pendientes del terreno.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Los coches adelantan a un grupo de mujeres cargadas con haces de leña que las obligan a doblarse sobre sí mismas. Son jóvenes y andan a buen paso. En Etiopía, y en toda África, las mujeres recorren largas distancias a pie para recoger agua y leña, cuidar del ganado menor o, llevar los productos al mercado. Sobre ellas recaen las tareas domésticas y el cuidado de los pequeños, los ancianos y los enfermos. La mujer campesina trabaja una media de entre 15 y 18 horas diarias y es responsable de más de la mitad de la producción agrícola de subsistencia. Los hombres desprecian la agricultura o la cocina, actividades esencialmente femeninas e indignas de su virilidad. Son los jefes de familia, arreglan los asuntos de clan y toman las decisiones sentados bajo la sombra de los jacarandás.

Todo tiene principio y fin. En el camino vamos dejando trozos. A veces los senderos son áridos y polvorientos y sacuden el alma. Gracias a “El Rapto de Europa” por permitirme revivir la intensidad de unos días atemporales en un viaje hacia el origen del tiempo. El Valle del Omo encierra una riqueza humana y cultural incomparable a la vez que unas necesidades extremas. Sólo deseo que seamos capaces de preservar las primeras y remediar las segundas.

Mursis, hamer, karo, konsos, junto con los turkanas, datogas, yanomamis, pemones, danis, bosquimanos, tuaregs, inuits conforman los 350 millones de seres humanos que son la memoria de la Tierra, el ADN de un planeta que mu chas veces parece a la deriva.

Tags from the story
, , ,
More from Cristina Cifuentes

El sentido del tacto y la influencia en el ser

El tacto es el encargado de la percepción de los estímulos que...
Ver publicación

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.